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Por qué se dice “ex” represores?


Por Norma Morandini


Puede haber ex maridos, ex curas, ex boxeadores, y hasta ex prostitutas. Se puede dejar de ser gordo, de pintar, de ser goloso y hasta abandonar la natación. Actividades que terminan y se nombran con sólo anteponer las dos letras del “ex”.

Una persona puede ser un ex combatiente de Malvinas, un ex montonero, un ex carnicero, un ex bombero, una ex modista, una ex bailarina, un ex diputado (aunque no muchos resignan sus bancas), pero aún así todas las acciones humanas que se abandonan, se dejan, se cambian, cuando terminan pasan a la categoría de lo que ya no es: un “ex”.

Pero ¿se puede ser un “ex represor” como se escribe o se dice por todos lados en estos tiempos en los que el pasado del terrorismo de Estado vuelve a estar en los estrados?

Han pasado ya casi treinta años de la última dictadura militar, y sin embargo no sabemos muy bien cómo nombrar a los que ya no torturan, es cierto, pero no por eso han dejado de ser represores. ¿Pero cómo? ¿Si alguien dejó de secuestrar y matar, envejeció como dictador, no pasó ya a ser un ex ex represor?

No, porque lo que define al torturador es la víctima. El otro. Y en cuanto haya víctimas, habrá represores.

La turbación del lenguaje por no saber utilizar la palabra apropiada delata cómo aplicamos viejas palabras a nuevas situaciones, sin aprovechar la lógica interna de las palabras que iluminan como un faro si estamos decididos a dejar de caminar en la oscuridad. El verbo fue primero, pero después vinieron los equívocos.

No se puede dejar de ser represor, como no se puede dejar de ser padre.

Para ser un padre o madre hace falta un hijo. El otro es el que me define, el que en su balbuceo primero, “mamá”, “papá”, me bautiza para siempre como su progenitora. Por eso no se regresa de la paternidad ni de la maternidad, aunque se abandone a los hijos o no se viva con ellos.

Para ser padre hace falta un hijo; para abuela, un nieto, y para hermano, otro hermano. Son palabras que requieren al menos a dos personas para alcanzar esa identidad.

De la misma forma, la víctima es lo que define al torturador. Para que haya un represor, debe haber una persona maltratada, lastimada, humillada.

Son ellas quienes lo nombran torturador, asesino. Las llagas que marcó en la piel de otro serán su segunda piel adherida como una identidad indeleble; los gritos de dolor que arrancó a los que torturó serán siempre los gritos que lo nombrarán como represor.

La violencia, la crueldad que se inflingió a otros, es lo que lo atará de por vida a ser lo que fue. La víctima es la identidad del verdugo.

Por eso, nadie dice “ex Hitler”, o “ex Stalin”, o “ex Pinochet”.

Si para ser padre hace falta un hijo, para ser represor sobran en nuestro país las víctimas. Y lo que mal se nombra, mal se entiende. Tal vez, si muchos de aquellos que por “el deber de obedecer” que rige la vida militar hubieran sabido que podían dejar de ser militares, pero jamás iban a dejar de ser nombrados como represores, quién sabe si no se hubieran inhibido. Suena ingenuo, ¿no? Pero las palabras no son inocentes, y en la Argentina también estuvieron secuestradas y aún hoy confundimos permiso con libertad. No hay palabras malas o buenas, hay palabras que nombran la belleza, otras la fealdad. No se trata de hacer un juego semántico, sino de desenterrar las palabras que también fueron secuestradas, ensangrentadas y es preciso limpiarlas de las mentiras o los eufemismos con los que se escamoteó la verdad. Soltar las palabras del chaleco de fuerza con el que fueron maniatadas para dejarlas salir leves, limpias. Porque, también, lo que mal se comprende, mal se nombra.

Entre las sillas vacías de mis hermanos desaparecidos, a la hora de la mesa familiar, y la ausencia colectiva, la de la historia, yo misma mal entendí el significado de aquella escena de La amiga en la que Liv Ullman, una madre de desaparecido, almuerza con su familia en un recreo del Tigre y descubre que a su lado también está reunido con su familia el represor que mató a su hijo. Ella (Liv Ullman) se levanta con parsimonia, toma la silla que falta en su mesa familiar y camina hacia la mesa del torturador, se detiene un segundo, lo mira a los ojos y, sin decir nada, deja en su mesa esa silla vacía. La tensión, que en el film dura segundos, reavivó la llaga de mi propia tensión entre mi dolor privado y la tragedia histórica, la que comparto con otros. Y esa perplejidad me hizo interrogar a la misma actriz: ¿por qué marcar la ausencia en la mesa familiar del represor, si la silla vacía falta en la casa de las víctimas?

“Porque él será responsable de por vida de aquella ausencia”, me contestó la actriz.

El sufrimiento, que en general nos encierra sobre nosotros mismos, nos obnubila o nos resiente, me impidió ver lo que me trasciende, la dimensión histórica del gesto de aquel film. A esta altura ya tendría que pedir comprensión para lo que es mi convicción: yo creo en el perdón. Creo que los argentinos vivimos separados por las desconfianzas, no conseguimos mirarnos como iguales, y por eso debemos reconciliarnos en el espacio de la legalidad democrática. Ese es el límite. Creo que nuestro país fue el que más lejos avanzó en la revisión y condena del terrorismo de Estado. Creo, también, que si se admite un mundo sin fronteras, no debe perturbar una justicia universal para inhibir a futuros dictadores. Vale también recordar que si el juez Baltazar Garzón hoy puede juzgar es porque su generación en España fue la que se involucró en la denuncia de torturas y las desapariciones en nuestro país, cuando aquí la mordaza y el miedo no sólo impedían la denuncia sino llevó a mucha gente de buena fe a ignorar lo que realmente sucedía porque creían “en la campaña contra la Argentina”. Ahora se esgrimen cuestiones de territorialidad, como si la dignidad humana no fuera la misma en cada rincón del planeta. La omisión argentina para juzgar fue la que concedió el derecho a los jueces extranjeros, cuyos compatriotas fueron alcanzados por el mismo terrorismo de Estado que vivió la Argentina.

Sólo la justicia es la que nos permite la superioridad del perdón. La buena gente, como canta Serrat, “sólo es lo que es, y anda siempre con lo puesto”.

La reconciliación es con nosotros mismos, no con los represores. No es el uniforme militar el que define al represor. Pero los militares deben saber que lo que ennoblecerá sus charreteras es si ellas están al servicio de la verdad histórica, y de la democracia que desenterró esa verdad.

La ausencia de miles de nuestros compatriotas en la vida colectiva y en tantas mesas familiares impedirá siempre que los torturadores dejen de ser represores. En cambio podremos decir “ex dictadura” cuando la democracia y la justicia sancionen y corrijan sus efectos.

Merece tenerse presente siempre. Norma Morandini lo explica tan íntegramente desde el dolor, desde su ausencia. No olvidar. Y justo esto viene tan bien para tener presente ya que comienza el juicio contra el cura represor Christian Federico von Wernich que intentaba quebrar las almas de los detenidos a través de la esperanza. Les prometía salvarlos si colaboraban con los represores". Un verdadero horror usar el nombre de Dios y la Esperanza en seres sumidos en el infierno del miedo y la desolación...

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