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14 mayo, 2006

La Puta Vieja - Literatura

Si proclamo que soy una puta vieja, nadie puede decir más, disuado a los insultos. Ya no se me puede ni escupir a la cara.* Jean Genet - * SANTA MARÍA DE LAS FLORES, 1942 - Prisión de Fresnes

LA CULPA
22-FEB-03

--¡Oscar, espera!- La voz de Julia lo detuvo en seco. Frente a él, la noche sin luna, oscura, de llanto ahogado, silenciosa. A su espalda, saliendo del cuarto, la figura turbada, el rostro asustado de Julia. Oscar no volteó a verla, tampoco respondió a su llamado, sólo se detuvo. Tenía miedo, tanto miedo a sí mismo que deseó correr, adentrarse en la noche y perderse. Quería huir, escapar, como si fuese un fugitivo, correr y correr hasta reventar los pedazos dispersos de su corazón. No parar, no descanzar, sólo correr. ¿Adónde? Eso no importaba, escapar, huir era lo único que cobraba sentido en ese momento, lo único a lo cual debía su existencia.¿A caso no la vida es un huir continuo? Y esa verdad, cruel, la sabe más que nadie el fugitivo, el que huye la sabe y carga ese sabor religiosamente hasta su muerte, hasta su última huida. No, Oscar no quería voltear, quería huir, pero sus pies permanecían quietos, desobedientes, pisando con aplomo esa misma tierra yerta que lo sujetaba. Sus pies se habían rebelado, lo habían traicionado. Ahora cuando más necesitaba de ellos, de su fuerza, de su agilidad, obedecían a una fuerza extraña, ajena a él, desconocida. Su voluntad era imponente, una idea, un ente subjetivo, metafísico, inútil, inservible para actuar o mandar, para correr y completar su huida.
Suave, fresco, el viento tocó el rostro de Oscar, y en algún lugar dentro de las entrañas de la noche se rompió el silencio; un ruido de agua, de arroyo crecido llegó hasta sus oídos. ¿Era en viento acariciando las hojas de los árboles o era el correr incansable del agua a través de las hendiduras de la tierra? Cuantos infelices, perdidos por ignorancia, habían confundido estos dos elementos. Locos de sed, de ese deseo seco, quemante, que ahoga, cuantos de aquellos hombres no habían sido presos de ese juego diabólico, de ese juego de dioses caídos, casi extintos. Los pies de Oscar permanecían quietos, inertes. Era el miedo materializado, miedo a mirarla, miedo a quedarse ahí, petrificado, convertido en una estatua de sal, miedo a recibir el castigo divino de un dios furioso, cruel, implacable. La voz de Julia ya no se escuchaba, se había perdido, quizá, en algún lugar de esa inmensa noche. Oscar sin atreverse a voltear y sin poder correr permaneció mudo
La noche siguió cayendo sobre la tierra acompañada de música de viento. Al entrar al cuarto, Oscar le había dado cien pesos a Julia. Sí, cien pesos. Esa era la cantidad que Julia pedía, eso costaba, eso valía. Julia no podía pedir más, era consciente de eso, ya no era joven, altiva, bonita. La que con una simple y poderosa mirada, bajo los portales de Tampico, escogía a que cuerpo iba a entregar el suyo. Julia era vieja, treinta y ocho años y ya era vieja, de carnes flojas y bofas, sin vida, sin gracia, una vieja confinada a comer, a dormir, a vender su mísero cuerpo alejado de las demás casa, alejado del pueblo que la vio partir llena de esperanza y la recibió con repugnancia. Sólo los miserables, “los más necesitados”, los púberes iban a buscarla cargados de una mirada burlona, de desprecio, mezcla de asco y deseo. Ella lo sabía, también veía esas miradas, esos ojos enfermizos, a veces asustados que la herían y la humillaban. Era una puta, una puta venida a menos, poco deseada, vieja. Cuantas veces no había llorado de rabia, de desprecio hacia si misma. Se miraba también con repugnancia, odiaba ese cuerpo gelatinoso, extraño, ajeno a lo que una vez fue. ¡Puta! ¡puta vieja! Gritaba con cólera cada vez que con los puños cerrados golpeaba su vientre, sus senos, sus nalgas, su cara.
Los pies de Oscar continuaban inertes, raíces invisibles lo amarraban a ese pedazo de tierra. Julia se acercó a él, Oscar escuchó sus pasos. El deseo de correr se hizo más intenso, deseó hundirse en la tierra, ocultarse de esa mirada, de ese cuerpo. Pero, permaneció en ese mismo lugar. Julia cambió el tú por el usted. No por respeto, por sumisión. Suplicando, rogando volvió a romper el silencio de la noche –quédese, ya es muy tarde, pa’qué se arriesga- Oscar quería correr, correr, pero no podía. Comenzó a sudar. Julia se acercó aún más, cogió su mano y la colocó en su pecho –ándele, quédese, no tire su dinero- Oscar sintió el seno grande, holgado entre su mano. El deseo por ese cuerpo, cuerpo de mujer al fin, comenzó nuevamente a apoderarse de él. Volteó a verla, la mirada de súplica que le dirigía Julia lo turbó –ándele, si siempre se queda más tiempo… siempre que viene- Julia había pronunciado las últimas palabras en voz baja, queriendo ocultar el deseo, una espera paciente, diaria, rutinaria.
Oscar nunca le mostró cariño, pero tampoco se burlaba, solo hablaba lo necesario, lo indispensable. Julia supo desde la primera vez que lo recibió que Oscar, más que buscar solamente un cuerpo, buscaba consuelo. El acto sexual era el medio con el que mitigaba ciertos dolores que ocultaba con discreción dentro de su alma. Julia supo ser su desahogo, supo limpiar esas lágrimas invisibles, dolorosas. En ese pequeño cuarto amarillento de tiempo, sin ventanas, muchas veces Oscar se desnudó lentamente, meticulosamente, queriendo tal vez retener o alargar ese momento, Julia siempre lo ayudaba con esa misma paciencia, con la que una cariñosa madre ayuda a su pequeño hijo a quitarse la ropa. Desnudo, Oscar la guiaba hacia la cama y con esa energía que lo estaba destruyendo la penetraba, rápido, con fuerza, pero al poco tiempo de haber iniciado, como si mucho tiempo antes de eyacular hubiese descargado esa energía escondida, abyecta, se calmaba, el movimiento se volvía lento, suave. Entonces, Julia lo deseaba, dejaba de sentirse puta, vieja, bofa, volvía por un breve instante a sentirse una mujer querida como la que ama a su marido o a su amante. Nada más mujer en el sentido más pleno, no puta, no cosa. ¿Cuánto agradecimiento sentía Julia hacía Oscar? Ni ella misma lo podía saber. Miraba a Oscar con ternura y en silencio lo veía partir.
Esa noche sin luna, Oscar había llegado muy tarde, Julia dormía. La llamó por su nombre con un grito. Tocó varias veces desesperado, Julia despertó, abrió la puerta asustada. Oscar entró dominado por esa fuerza extraña, desconocida. Tomó a Julia rápido, casi con violencia. Al terminar, sin atreverse a mirarla, se subió los pantalones y salió del cuarto. Julia tardó un poco en comprender lo que sucedía, sin guardar los cien pesos que Oscar bruscamente le había lanzado sobre la mesa, también salió, necesitaba sentirse querida, una mujer querida, no una puta. Salió y lo llamó, desesperada, suplicante.
Oscar retiró su mano del seno de Julia y al hacerlo, esa fuerza poderosa que lo ataba a ese lugar comenzó a ceder, sus pies, por fin, accedían a moverse. Lleno de sorpresa al dominar nuevamente su cuerpo, dio un paso. Julia sujetó con más fuerza, su súplica se volvió más intensa. Oscar la miró y se asustó, de un jalón se desprendió de ella, de ese rostro descompuesto que lo miraba fijamente. Quería correr, huir, tocar esa misma noche en otro lugar, lejos de ahí, lejos de Julia. Permanecer más tiempo era tortuoso, tenía que huir de todo aquello, de lo que significaba Julia, huir para siempre. Pero sus pies aún eran torpes, caminaban, sí, pero todavía no accedían a correr. Al verlo caminar, Julia derramó lágrimas, su corazón se contrajo moribundo en señal de protesta. Llorando se lanzó a los pies de Oscar. Un extraño ruido lastimero, de pájaro herido, salió de su garganta –quédese, no le cobro, no le cobro nunca- Oscar retrocedió, Julia cerró sus puños y comenzó a pegarse en todo el cuerpo -¡Por puta, por vieja!- repetía una y otra vez con enfermiza voz. Oscar la miró atónito. Julia continuaba pegándose con más fuerza cada vez. Sus puños caían sobre ese cuerpo flojo, desahuciado, con rabia, con odio. Oscar tuvo miedo, un calor emergido del centro de la tierra subió por su cuerpo. Cambió su expresión, sus ojos se tornaron grandes, duros. Julia trató nuevamente de agarrarlo y él, movido por esa fuerza extraña, dio un paso hacia atrás y con esa misma pierna, lanzó su pie a la cara de Julia, una patada certera, la sangre brotó de los labios de Julia al tiempo que su cuerpo caía sobre la tierra. Después otra patada y luego otra, en las piernas, en el vientre -¡Pinche vieja puta!- gritó Oscar con furia y al oírse se detuvo. Julia seguía mirando. En sus labios había una siniestra sonrisa, Oscar no comprendió su rabia, su enojo. Asustado, corrió, por fin huía, no se quedaría ahí para siempre, no se quedaría con Julia. Corrió hacia la noche y en su huida recordó a Berta y a su pequeño hijo.
Tirada, sucia de tierra, y humillación, sin testigos, muda, Julia miró partir a Oscar, se paró con dificultad, limpió su sangre con la falda y dejó de llorar, entró al cuarto y se sentó en la cama. Cerró sus puños y con una sonrisa estúpida en el rostro comenzó a golpear una y otra vez ese cuerpo bofo, odiado, sin gracia.

23 de septiembre del 2003
“La Palma de concreto”
Preso de conciencia:
Héctor Cerezo Contreras

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