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10 febrero, 2009

En la cuerda floja


En la Cuerda Floja Por Norma Jara - Nº5 Diario El Andén.

Ser machistas no conduce a la felicidad… La reproducción del modelo, a veces, también la ejercemos las mujeres.

Según wikipedia, el neomachismo es la versión modernizada del machismo y comprende al varón que reconoce que la mujer juega un rol fundamental en la sociedad, con derecho al trabajo y a su vida propia, pero en la vida doméstica se cree con la autoridad suficiente a pedir explicaciones a su compañera y a no realizar aquellas tareas del hogar que aún se consideran poco masculinas, colaborar no es lo mismo que asumir como natural las tareas del hogar.

Aunque aparentemente el neomachismo deja de lado el maltrato a la mujer, sin embargo, busca mantener el control, el liderazgo, aunque de una manera más objetiva y democrática, acepta sus errores y las ventajas del sexo femenino, busca un consenso de pareja en el matrimonio, pero siempre intentará hacer valer su opinión sobre el resto de la familia.

Machismo, neomachismo... independientemente de que son figuras parecidas (y en donde el maltrato hacia la mujer se desplaza hacia lo psicológico y marcadamente al poder del dinero) la raíz de la cuestión está inserta en el control y dominio sobre la figura femenina. Mientras el hombre heterosexual siga no aceptando a la mujer de hoy y pretenda mantener el dominio sobre ella para detentar su hombría continuará la crisis vincular que aqueja hoy en día a la mayoría de las parejas.

Hace un tiempo me hicieron una reflexión curiosa y que, a mi humilde parecer, me pareció interesante: las madres de hace un tiempo criamos hijas que fueran fuertes, exitosas, que fueran “menos sometidas” y vivieran todo aquello que nosotras no pudimos vivir; mientras que a los hijos varones les fomentamos todas aquellas virtudes de las que carecían nuestros maridos: sensibilidad, afectividad, emocionalidad, que supieran cocinar, cantar, bailar y abrir la puerta para jugar. ¿El resultado? Varones metrosexuales (¿neomachistas?) y mujeres aguerridas, independientes, sexualmente exigentes y demandantes.

Los últimos informes sociológicos indican que el promedio de varones entre 21 a 30 años aún siguen viviendo con sus padres y muchos de ellos incluso se quedan solteros cuidándolos en su vejez, rol que generalmente lo detentamos las hijas mujeres pero que hoy muchas apenas cumplen la mayoría de edad huyen despavoridas a vivir solas o con amigas o con parejas que normalmente no duran demasiado tiempo.

Aunque el rol masculino se suavizó el varón de hoy sigue intentando detentar el control y busca deambulando por la vida a la mujer ideal que se parezca a su mamá. La imposibilidad afectiva de establecer una relación estable con una mujer se minimiza a “lo que se de”, a “lo que surja”. Estas nuevas frases que relativizan los valores y los hacen terriblemente descartables. El “histeriquismo” hoy no es un signo de lo femenino sino que también, el varón de hoy lo ejerce en su interacción o búsqueda afectiva.

Ojalá pudiéramos crear nuevas construcciones en las que el deseo de control se disolviera y se priorizara la paridad, el acuerdo.Cuan menor sería entonces la autoexigencia para ambos. Algunos, aunque los menos, están dando el primer paso, logran quedarse criando a sus hijos sin sentirse un inútil y minusválido ante sus congéneres masculinos o ante su mujer profesional que tiene un ingreso superior.

Buscar a una mujer sumisa, obediente, sencilla, complaciente pero que además planche, lave, cocine, sea exitosa en su carrera, gane bien, sea culta, inteligente, tenga buena figura, sea divertida; es agobiante, pero ¡para nosotras!, y además una utopía. Y buscar a un varón que sea triunfador, seguro, contenedor, adinerado, sensible, que sepa cocinar, planchar, lavar, practique deportes extremos, haga instalaciones eléctricas, plomería y albañilería, además de cautivante, seductor, inteligente, paternal, tierno, es doblemente agobiante, ¡pero para nosotras, llega a casa y hay que atenderlo!

La importancia de aceptarnos como somos y ser honestos/as a la hora de saber qué necesitamos del otro/a es la clave. Acordar a través del diálogo profundo de lo qué queremos y como lo queremos puede ser la raíz de un buen entendimiento y de la construcción de lazos firmes y durables para una buena pareja con vínculos amorosos sanos e igualitarios.

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